Nada de "luego que me siente en la computadora". Almina trabaja al ritmo del negocio — así se ve cada paso en tu teléfono:
Abre Almina, apunta y dispara. La pieza entra a tu biblioteca al instante — una charola completa queda capturada en minutos.
Sirve la cámara que ya tienes y la luz de tu vitrina. Consejo del gremio: fondo liso, una pieza por foto — del resto se encarga el catálogo.
Es el mismo audio que ya le mandas a tus clientes — solo que ahora se convierte en la ficha de la pieza, con cada dato en su lugar.
Tú siempre tienes la última palabra: la voz llena el formulario, tú revisas y guardas. ¿Mostrador ruidoso o no quieres decir precios en voz alta? Teclea, funciona igual.
¿Vendes oro? Marca la pieza "precio por gramo" y se recalcula sola cuando el oro se mueve.
Manda el link por WhatsApp — se ve así de bien en el chat. Tu cliente lo abre sin instalar nada, elige piezas y tallas, y su pedido te llega hecho lista de surtido.
Lo agotado se marca solo. Cambias un precio y el link ya está actualizado, sin reenviar nada.
Tu primera pieza puede estar en catálogo en el próximo minuto.
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